TIJUANA, Mexico (AP) - Agustín Portillo revisa el aceite en el auto de su esposa, pone el equipaje de ella en el maletero y la lleva desde su diminuto apartamento en Tijuana hasta la frontera con Estados Unidos. No es un viaje largo, pero Ana Portillo no se anima a movilizarse sola por las calles de esta violenta ciudad.

La pareja espera pacientemente en la cola de seguridad, agarrados de las manos y besándose castamente. Una balada romántica se escucha en la radio en el auto y Agustín le canta en voz baja a su amor. Ana hace de cuenta que no nota que a Agustín se le salen las lágrimas.

Cuando están cerca del punto de cruce en la frontera, él la besa y se baja del coche. Ahí termina su viaje. Luego de 20 años de vivir con Ana en Los Angeles, Agustín está varado en el lado mexicano de la frontera.

Muchos piensan que un inmigrante que ingresó a Estados Unidos ilegalmente y que está casado con una ciudadana estadounidense tiene derecho automáticamente a un permiso de residencia permanente en ese país. Pero Ana, una salvadoreña naturalizada estadounidense, y Agustín, un mexicano que vivió ilegalmente en Estados Unidos durante décadas, saben que no es así. Ellos pueden vivir juntos en uno de los países a cuya violencia le escaparon o pueden vivir como ahora, separados.

La ley federal que prohibe que muchos inmigrantes ilegales vivan en Estados Unidos como cónyuges de ciudadanos estadounidenses ha sido criticada por el presidente Barack Obama, quien recientemente le ordenó al Departamento de Estado que permita a algunas familias seguir juntas. Pero no estaba claro cuándo va a suceder eso ni cuántas familias se beneficiarán.

Agustín, de 49 años, y Ana, de 60, han estado separados por la frontera por casi dos años. Ella extraña su compañía y cómo él la cuidó cuando ella se enfermó. Él añora sus consejos cuando algo le preocupa, el calor de su cuerpo cuando duermen.

"Sin ella, no soy nada", dice.

Él vive solo en Tijuana. Ella vive en un apartamento pequeño en Los Angeles con su hijo menor, un inmigrante sin papeles, y la familia de éste. Su otro hijo, residente legal, vive en Las Vegas. Sus tres nietos nacieron en Estados Unidos.

Cada dos semanas, hace la travesía de 480 kilómetros (300 millas) desde Los Angeles al apartamento de un dormitorio en el que vive Agustín en el centro de Tijuana. El apartamento no tiene refrigerador, ni sofá ni horno. Agustín duerme en un colchón inflable y guarda su comida en neveras portátiles llenas de hielo.

En una visita reciente, Ana lució una camiseta reveladora para su esposo. Se había teñido y estirado el pelo. El cabello de Agustín estaba gris, pero los brazos se le veían fuertes de tanto ejercicio para aliviar frustraciones.

Él sollozó cuando se abrazaron.

Agustín quiere estar con su familia, pero no en Tijuana, una ciudad azotada por la violencia generada por el tráfico de drogas.

The federal law that prohibits many undocumented immigrants from living in the United States with their citizen spouses has been criticized by President
The federal law that prohibits many undocumented immigrants from living in the United States with their citizen spouses has been criticized by President Barack Obama, who proposed an overhaul that would allow some families to stay together. (Julie Jacobson/AP)

Es un lugar donde los que cruzan la frontera oran en una histórica iglesia por un viaje a salvo. En una bulliciosa calle, en medio de vendedores de churros y el burro pintado de Tijuana, hombres y mujeres con rostros adustos se aferran a sus bolsas de lona. Son "los indocumentados", personas que no han logrado cruzar la frontera ilegalmente.

"Yo estoy en la misma posición que ellos, esperando para cruzar hacia una mejor vida e imposibilitado de hacerlo", dijo Agustín mientras él y Ana se acercaban a la iglesia en una tarde reciente.

Una vez adentro, se arrodillaron y oraron.

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Agustín y Ana eran dos inmigrantes sin papeles que vivían en el mismo complejo de apartamentos en Los Angeles cuando se conocieron en una fiesta de cumpleaños en 1988.

Él viajó con ella a El Salvador para ayudarle a traerse a sus dos hijos de una relación previa a California. Fueron perseguidos por agentes fronterizos y amenazados por asaltantes de carreteras y narcotraficantes. La brutalidad del viaje cimentó los lazos de la nueva familia una vez llegaron a Estados Unidos.

Ella trabajó como niñera de los hijos de médicos ricos mientras que él vendió coches o cosía ropas en una fábrica.

Ana y sus hijos muy pronto consiguieron visas bajo un programa temporal de amnistía que ayudó a extranjeros cuyos países eran considerados peligrosos. Podían trabajar y vivir en Estados Unidos, pero no viajar al exterior. La amnistía no amparaba a Agustín.

El hijo mayor de Ana se graduó de secundaria con excelentes calificaciones, pero no podía ir a la universidad porque su status como no residente permanente le impedía obtener ayuda federal. Su hermano menor le pidió a Ana y Agustín que le sacasen de las clases avanzadas en las que estaba inscrito. ¿Para qué las voy a tomar, si no puedo ir a la universidad?, preguntó. Fue una de las muchas veces que Ana lloró por sus hijos.

Ana consiguió una visa permanente en el 2001 y más tarde se hizo ciudadana estadounidense. Su hijo mayor en Las Vegas solicitó muy pronto su visa permanente, y su hijo menor prometió hacer lo mismo. Ana tenía esperanzas de que muy pronto todo el mundo en su familia estaría libre de "ese miedo de que te van a deportar en cualquier momento", dijo.

Pero la vida le recordó cómo funciona la ley.

Su sobrino, ciudadano estadounidense, convenció a su hijo menor a irse a Tijuana por su 21er cumpleaños, argumentando que los agentes fronterizos, al oírle hablar inglés, pensarían que era estadounidense. Pero cuando su hijo trató de regresar, el agente fronterizo quería algo más que escucharle hablar. Su visa temporal no le permitía el reingreso y él ya no tenía derecho a una visa permanente porque fue sorprendido tratando de ingresar ilegalmente al país.

La familia le pagó a un coyote - como se conoce a los contrabandistas de inmigrantes - para traer al hijo de Ana a California.

Antes de 1996, los inmigrantes sin papeles que vivían en Estados Unidos podían obtener visas o residencia permanente fácilmente si su cónyuge o sus padres eran ciudadanos o residentes legales. Pero ante las críticas de los sectores más intransigentes, ese año el presidente Bill Clinton firmó una ley que prohibía que los inmigrantes que estaban en el país ilegalmente y solicitasen visas regresasen al país por al menos 10 años.

Bajo la ley federal, los solicitantes de visa deben regresar a sus países de origen para una entrevista con el Departamento de Estado. Muchos se enteran de que les ha sido denegada sin siquiera pasar por la entrevista, cuando ya están fuera de Estados Unidos. Aquellos sorprendidos cruzando la frontera o viviendo en Estados Unidos tras ser deportados pueden ser expulsados de por vida.

Las familias pueden solicitar exenciones por "penurias extremas". Pero la ley no define penuria extrema y casos individuales parecen indicar que el gobierno estadounidense no considera factores como hijos o pérdida de ingresos familiares.

Bajo la reforma propuesta por Obama, algunos inmigrantes conseguirían exenciones por penurias antes de partir a sus países de origen para una entrevista.

El plan de Obama no requiere la aprobación del Congreso. Algunos republicanos dicen que el presidente está tratando de ganarse votos hispanos antes de los comicios de noviembre.

Bajo las reglas vigentes, unos 3,4 millones de inmigrantes sin papeles tendrían derecho a solicitar visas por ser cónyuges o padres de ciudadanos, pero no lo hacen porque estarían sujetos a la prohibición de regresar al país por 10 años, dice Muzaffar Chishti, un abogado de inmigración con el Migration Policy Institute en Nueva York.

Hay quienes dicen que los inmigrantes sin papeles deberían enfrentar severos castigos. Muchos respaldan una expulsión de por vida de cualquier persona que viva ilegalmente en el país.

"Cuando oigo a la gente decir que Estados Unidos está separando familias, me molesta realmente, porque la gente tiene opciones", dice David Seminara, un ex funcionario consular del Departamento de Estado que se opone a las exenciones por penurias.

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Los problemas de Agustín empezaron después que sufrió una hernia. Se preocupó de la posibilidad de morir sin ver de nuevo a sus hermanas, en el sur de México. Le rogó a Ana que se mudase con él a México.

Pero ella le dijo que no podría ganar el mismo salario que en Los Angeles, 500 dólares a la semana. De acuerdo con cifras oficiales de Estados Unidos, el ingreso per cápita en México es apenas un tercio de esa cifra.

Agustín se fue a visitar a sus hermanas. Estaba confiado en que podría cruzar de nuevo la frontera cuando quisiese, como lo había hecho cuando era más joven. Pero los agentes de la Patrulla Fronteriza se rieron de él cuando les presentó una visa que pertenecía a otra persona.

"Creo que piensas que soy idiota", le dijo un agente.

Agustín le pagó a un coyote para que se lo llevase al sur de Arizona. Casi estaban allí cuando un helicóptero de la patrulla fronteriza rugió en el cielo nocturno. Agustín se arrastró a una cuneta ocultada por rocas. Cuando se apagó el sonido del helicóptero, Agustín se encontró solo y perdido.

Dutante horas deambuló por el desierto, acechado por buitres. Pensó que iba a morir de sed, cuando llegó a una carretera y un automovilista le ofreció un aventón hasta Tijuana. Desde entonces ha estado demasiado temeroso para intentar el viaje de nuevo. El miedo le ha impedido también solicitar una visa para ingresar legalmente.

"Ver a tu familia y no poderte ir con ellos te parte el corazón", dijo.

Así que sigue en Tijuana, donde la frontera está llena de cámaras de vigilancia sensores que detectan el calor corporal, aviones y helicópteros de patrulla y una hilera de muros, cercas y torres estratégicamente erigidos. Graffiti en inglés y en español cubren el acero y el concreto.

"Este muro no va a salvar tu economía", dice un mensaje.

"Ninguna pared va a contener mi corazón", dice otro.

La cerca termina en la playa del Pacífico en el oeste de Tijuana. Al anochecer, con el sol naranja descendiendo entre las olas, la escena es casi romántica.

Pero no para Agustín y Ana, que leen los furiosos mensajes mientras caminan de brazos junto al muro.

"Aquí mueren los sueños", dice Agustín.

Cuando comenzó a llevar a Ana a la frontera al final de sus visitas, Agustín lloraba abiertamente mientras ella trataba de consolarle en medio del agitado laberinto de puestos de taco, coches y estantes para turistas que venden estatuas de la Virgen María.

"Él me decía: 'Su pudiera meterme en tu equipaje''', recuerda Ana.

Estos días, Agustín trata de controlar sus emociones. Sabe que sus lágrimas la entristecen.

En su viaje más reciente, luego que Agustín se bajase del coche para caminar de regreso a su vida en Tijuana, Ana le entregó su pasaporte estadounidense a un corpulento guardia fronterizo. Él le dijo en tono arrullador: Eres tan linda. ¿Tienes novio? Él no tiene pasaporte, ¿no es cierto?

"Es mi esposo", replicó Ana.

El agente le dijo que prosiguiese el viaje.